viernes, 25 de abril de 2014

surf

La luz
y ya el agua te llega por la cintura
y apenas ves si el horizonte te trae lo que siempre buscaste
eso que se parece a eso 
que algunos  llaman inmortalidad
y que una vez imaginaste  
mientras veías a Chirstopher Lambert 
cuando tu padre era menos viejo de lo que es ahora
y no sabías ni siquiera que un día
tendrías el agua por la cintura.

Aún en la noche
aún en lo que no es el día
mientras el  sol sugiere desde la silueta de un primer edificio
en el que imaginas que una vez estuviste
y en el que piensas que la adolescencia hubiese sido un lugar increíble.
Y llegan las primeras olas
y la ansiedad te empuja 
y caes como el torpe muñeco de una niña de tres años
y te  maldices 
y gritas cuando el agua te deja respirar
-todo a su debido tiempo-
si es que todavía queda algo de esa palabra
ahora que has decido donar tu cuerpo a la sal y a la Zenia.
Pero llega otra ola
y esta vez sí,
remas con la fe con la que rezan las viejas
y enseguida sientes su fuerza bajo la tabla
y vibran hasta las  encías 
y te incorporas al mundo desde una enorme placenta 
y tus pupilas se agrandan
dejando la anchura necesaria
para que se precipite por  ella la infancia que te hacía flotar,
los libros de arena, el mar otra vez,  la playa todavía...
y toda la hilera de edificios que antes te contemplaba.

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